Una de las cosas más ridículas que escuché en toda la infancia fue esa payasada de que la bandera y el himno nacional chilenos habían conquistado un heroico segundo lugar en un supuesto concurso hecho en París. Justo detrás de la Marsellesa y de la bandera tricolor de la Quinta República. El concurso nunca había existido, pero no era sólo un invento de mis tías del Biobío, sino una de esas bolas extendidas por la loca sicología chilensis, que cimentaban un nacionalismo zafio y ordinario, como todos los nacionalismos que en el mundo han sido.
Viene a cuento este asunto porque junto con los vientos marítimos primaverales vuelve la apología patriótica que intoxica septiembre. La patria, ya lo sabemos, es el negocio de una casta que heredó los galones y las charreteras desde que sus abuelos organizaron los zafarranchos de la Independencia y se quedaron agarrados a la administración de este fundo, como si fuera la teta nutricia. Y desde entonces nos venden esta pomadita de la patria, como si fuera un mérito divino que los hubieran parido en este país, en vez de en Bolivia o Ruanda. Y, dueños que son del campito, nos intoxican con la patria y la bandera, que es una cosa simpática y afrancesada, pero que no es más bonita, noble o significativa que la bandera mapuche o la bandera gay, por poner ejemplos cercanos/lejanos.
Cuando llega septiembre descienden los mensajeros áulicos de los próceres a vender chilenidad con el mismo fervor con que venden mortadela y salsa de tomate el resto del año. Nicolás Ibáñez (Lider), Horst Paulmann (Jumbo), la dinastía Luksic y otros próceres de la nación desenfundan sus valores éticos superiores y nos bombardean con sus huachalomos, carbones de espino y tintos tiritones para que libemos el zumo nacionalista, que tiene su éxtasis en la banderita tricolor. Esta semana, damas que acarrean esa pureza en sus genes como Eli de Caso, incendiadas de este fervor, venden una bandera producida por el santo Canal 13 para que en ningún hogar chileno falte ese trapito divino en las fiestas. Eli, que es mandona, amenaza a los infieles que no la tengan erguida en su mástil, pero ésa es una pomada que al gentío le tiene sin cuidado, porque lo que esa masa va a hacer es entregarse a la semana libre de yugos laborales y dar rienda suelta a sus pasiones más profanas, escaparse al fundo de un primo o una playa asequible para que la familia desfogue sus cuitas.
Los dueños de este fundito llamado Chile escamotearon las fiestas de carnaval, que son la vía por la que fluyen las frustraciones de los pueblos católicos, y a cambio ofrecen las fiestas de septiembre como sucedáneo, pero las envuelven en una pomada vieja y descompuesta. En este nacional catolicismo que nos rige, nos han vendido hasta un día dedicado a las Fuerzas Armadas, como si esas marchas marciales fueran una celebración y no una promesa de nuevos horrores. Así que los negociantes vuelven a tener su carnaval de ventas gracias al engendro de una patria que no existe más que en la contabilidad de sus propietarios, por mucho que Eli sea uno de los rostros santificados con que se venden las banderitas tricolores que nadie está obligado a poner en ningún mástil.
Por Juan Sharpe LN JPMM
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